miércoles, 8 de enero de 2014

Morella. El encuentro con la historia.

                                                                                         Foto: Santiago Ripolles
Si el visitante se sitúa en la Plaza de Armas del Castillo de Morella, comprenderá las razones por las que la población ha sido objeto de deseo de todo tipo de poderosos y aspirantes al poder, que la Historia ha puesto a los pies de esta villa fortaleza cargada de historia, tanto que pasear entre sus estrechas y, a veces, empinadas calles, es un reencuentro con el pasado, tan presente en sus edificios religiosos o civiles; fachadas de belleza sencilla, a medida humana, de tal forma que uno enseguida siente la simbiosis que se establece entre la arquitectura que contempla y su propio ser; y en la traza urbanística que se va cerrando sobre sí misma dibujando un semicírculo en torno al castillo, resguardándose por una imponente y pulcra muralla, como dándole la espalda a los peligros que pudieran venir del valle.
¿Por qué el visitante, situado en lo alto del Castillo, comprende las razones por las que Morella es una villa en la que se respira Historia sin querer? Sólo tiene que mirar a su alrededor y ver como ante sus ojos se extiende la inmensidad abrupta del Maestrazgo, controlada casi en su totalidad, para darse cuenta de su posición de centralidad en lo que fue la Corona de Aragón, y paso obligatorio de todo el que quisiera ir de las tierras del Ebro hacia el Mediterráneo. Por eso, esta villa coronada por una gran tarta pétrea en la que se asienta uno de los castillos más codiciados por reyes, duques, mercenarios, y guerrilleros ha sido objeto de luchas, traiciones y asedios. El propio Rodrigo Díaz de Vivar, alias El Cid, el mercenario más famoso de la Historia, lo intentó estando al servicio del Rey musulmán de Zaragoza, y fracasó.
Sin embargo ese deseo de poseerla, muchas veces violento, cuando el visitante se interna en sus mismísimas entrañas, en un laberinto de calles medievales, se transforma en aroma del pasado, en Historia en estado puro, que destila un embriagador líquido, que nos hacer estar en un tiempo detenido en cada uno de los rincones de la villa. Los hados o la inteligencia de sus habitantes han conseguido que Morella sobreviviera a los apetitos especuladores del siglo pasado y lo que va de éste, gracias a lo cual el visitante puede sentir que al cruzar por cualquiera de sus siete puertas que dan acceso al mundo exterior, el tiempo se detiene concentrando en su sólo espacio varios siglos de vital y vivida existencia, permitiéndole respirar la huella que sus diferentes habitantes han ido dejando en sus edificios y sinuosas calles, como si fuera un exquisito cóctel de Chicote, al que nada le sobra, y en el que destacan, por encima de la deliciosa base, dos o tres sabores, bien diferenciados, que acaban dando carácter al combinado. Así es Morella en su interior, nada le sobra, nada desentona, y sus edificios más singulares, de un gótico de bellísima factura: Ayuntamiento, Basílica Arciprestal, Convento de San Francisco, y otros varios, son la guinda picante que hacen de Morella una visita única, en un viaje de reencuentro con la Historia.

sábado, 23 de febrero de 2013

Vilafamés. Arte contemporáneo


                                                                                                 Fotografía de: Abariltu

A finales de los años 60s del siglo pasado, el crítico de arte valenciano Vicente Aguilera Cerni regresa de la Costa Azul donde ha estado trabajando con Roberta González en un futuro libro sobre su padre, el escultor Julio González. Es un viaje de vuelta en el que don Vicente, que va con su hija Mercedes, lleva la cabeza llena de ideas sobre el arte contemporáneo, del que es una experto reconocido internacionalmente, por los días pasados inmerso en la obra del gran artista español, que murió en París en 1942, pero todavía no sabe que está a punto de encontrarse ante el gran proyecto de su vida; de cruzarse con su destino en un pueblecito cercano a la costa de Castellón, que en aquellos años de prohibiciones de lenguas vernáculas, se denominaba Villafamés. Lo que tenía que haber sido una visita fugaz a su tío Paco, acabará convirtiéndose en la ciudad visible para Aguilera Cerni, en un lugar que impregnará su espíritu al encontrarse una localidad encaramada en un alcor del que sobresalen las ruinas de un castillo vigilante de la inmensa belleza de una llanura mediterránea que se pierde, al fondo, en las siluetas de la sierra que cierra el decorado paisajístico.
                Durante ese final de década,  los años 68 y 69, en los que la sociedad española empieza a cambiar sutilmente debajo de la pesada alfombra oficial del franquismo, se juntan dos voluntades poderosas en Villafamés: la de un pueblo que todavía rezuma historia entre sus calles, ruinosas por la dejadez atávica que tenemos los españoles de abandonar lo antiguo, pero cargadas de un esplendor que tuvo que ver con su conquista a cargo del rey Jaime I en el siglo XIII; con ser sede de la orden de Montesa, que traerá una larga disputa jurisdiccional entre la Orden y la Corona, hasta que en 1635 pase a ser una villa plenamente de realengo; o con su resistencia numantina a los ataques y asedios carlistas en el siglo XIX, que tras no conseguir doblegar su espíritu liberal, la dejaron semidestruida. La otra voluntad que se cruza junto a la del pueblo de Villafamés, muy dignamente encabezado por su alcalde don Vicente Benet Meseguer, es la de Aguilera Cerni, que ha encontrado el lugar idílico, sin pretenderlo, para desarrollar un proyecto consagrado al arte contemporáneo, a su conservación y difusión. Quién sabe si este era el sueño que albergaba en el subconsciente desde años atrás. Y es aquí, en la confluencia de estas dos voluntades, donde nace el Museo Popular de Arte Contemporáneo de Villafamés, al conseguir que la Diputación de Castellón compre el ruinoso palacio de Batlle, y tras cedérselo al ayuntamiento y acometer unas iníciales obras de restauración, poder inaugurar en 1972, con apenas 200 obras, la sede de uno de los muesos de arte contemporáneo más fascinantes que existen en España.
                ¿Qué le hace extraordinario al Museo de Vilafamés? Desde una perspectiva social, su carácter popular, a pesar de que hoy haya perdido la denominación de Museo Popular, para internacionalizarlo, sigue siendo un museo del pueblo, no de pueblo, en el que el ayuntamiento y los vecinos tienen un importante papel en su gestión y dirección, lo que ha conseguido que en estos tiempos de crisis, en que la cultura ha pasado a tener la consideración de un gasto superfluo para el Estado y la sociedad, el museo siga vivo y a nadie se le ocurra caer en la tentación de dejarlo morir o cerrarlo. Algo que tiene mucho que ver con la forma en que se gestiona la obra expuesta, un acierto de Aguilera Cerni, que impide estatutariamente comprar obra, evitando así el enorme desembolso que supondría tener que acudir al mercado para actualizar los fondos. De esta forma son los artistas los que le donan obra al museo, bien en depósito temporal o permanente, lo que permite una renovación constante de la obra expuesta, dándole a la exposición la frescura de la novedad permanente.
                Pero lo que hace más interesante al Museo de Vilafamés es su colección, los cuadros que cuelgan de sus paredes, o las esculturas que llenan las estancias, como totems artísticos que nos hablan de cómo ha intentado el arte contemporáneo atrapar el espacio y darle volumen a lo largo del siglo XX. Aunque no hay grandes obras de referencia, ni una profusión de artistas encumbrados por la crítica y el público, esto es sólo una apariencia de  la calidad que tiene el museo. A poco que se va paseando por las maravillosas salas del palacio, uno va descubriendo obras significativas de importantes artistas que, atrapados por la idea del museo, generosamente las donaron. Y si no es este el lugar para ir desgranado nombres, si lo es para afirmar que el arte contemporáneo español, con especial representación del valenciano, de la segunda mitad del siglo XX, está presente en el museo, además de una somera visión de las vanguardias anteriores a los años cincuenta. Desde el informalismo, hasta el arte cinético u óptico, pasando por el pop art, las abstracciones geométricas, el expresionismo tan presente a los largo de estos últimos años, ya sea en su vertiente figurativa, ya sea en su vertiente abstracta. El realismo, que con tanta fuerza volvió a partir de los años setenta; el compromiso social de muchos artistas, que nunca han vivido ajenos a la realidad que les rodeaba; el arte rupturista de los años cincuenta y sesenta que denunciaba el simplismo moral y estético, teñido de moral religiosa y dictadura, que promocionaba el régimen de Franco. Todo está en el Museo de Arte Contemporáneo de Vilafamés, que cuatro décadas después de la visionaria idea de un pueblo y un crítico de arte, ha conseguido que siga vigente su espíritu inicial de convertir una localidad rural en centro internacional de arte contemporáneo, sabiendo entender que las identidades colectivas no solamente están en el pasado, se van construyendo día a día con el presente. Y en esto el arte tiene mucho que aportar.

jueves, 25 de octubre de 2012

Vilafamés. La mirada interior.

Flota en el ambiente de Vilafamés un aire de equilibrio sereno. Se puede apreciar ya cuando el visitante se va acercando por la carretera que le une a Castellón. La vista que se ofrece es la de una villa fortificada, que desde época musulmana fue guardián de posibles invasiones desde el interior hacia la costa, en un alto de las estribaciones de la sierra que la separa del litoral. Emerge sobre el llano alrededor de un castillo de planta árabe, arropado por un bello casco antiguo, con calles empinadas y estrechas que sus habitantes han sabido conservar con todo su sabor original, aderezado de los olores de un jardín botánico en forma de macetas que cuelgan de las fachadas de las casas, o nos dan la bienvenida a la puerta de éstas. Es una visión mágica, que se esconde en la impavidez de la estampa del castillo, levantado por todos y cada uno de los ocupantes que la villa ha tenido, con su barrio árabe lamiéndole los pies.
El equilibrio sereno de Vilafamés se puede sentir en cuanto uno se interna en sus calles silenciosas y tranquilas. Ya el visitante puede percibirse de ello cuando, subiendo por la calle de la Font, se encuentre con una impresionante roca a los pies de una de las fachadas de la iglesia de la Asunción, construcción religiosa que se inició a finales del siglo XVI; la roca en cuestión asusta pues parece que sus dos toneladas de peso van a dejarse caer sobre las casas que tiene enfrente. Sin embargo lleva ahí desde hace varios millones de años sin perder la compostura, en perfecto equilibrio estable con las arquitecturas que la rodean. Pero también puede sentir la relación que mantienen todos los contrastes que dan carácter a la villa: existe equilibrio entre las piedras de sus edificios y la naturaleza que los circunda; entre la contemporaneidad del arte que cuelga de su museo y las paredes que lo albergan, las de un palacio renacentista del siglo XVI; entre el espíritu artístico que trajeron en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, todos los pintores y artistas plásticos que se instalaron en sus casas, y el ambiente rural cargado de historia que se respira, una simbiosis que ha dado como fruto una localidad pequeña (apenas alcanza los dos mil habitantes) consagrada al arte contemporáneo, lo que se puede palpar en las galerías y talleres que todavía quedan en el pueblo y en ese maravilloso Museo de Arte Contemporáneo, una joya del más alto nivel, que atesora una amplia colección de artistas locales, nacionales e internacionales.
A pocos kilómetros de Castellón el visitante se topará con una sorpresa que, a buen seguro, empezará a cambiar su percepción de una geografía de sol y playa. Vilafamés es un lugar ideal para relajarse y culturizarse con el goce de los sentidos. Ya quedó claro con aquel eslogan de una campaña de promoción turística de hace alguno años: “Vilafamés, la mirad interior”. Mientras, desde las almenas del castillo, algunos atardeceres hacen que el visitante sienta como una corriente de paz espiritual le atraviesa el alma.

jueves, 4 de octubre de 2012

Clot de la Mare de Deu. Burriana


La desembocadura del río Anna, una estribación del complejo fluvial del río Mijares antes de morir en el mar, conforma un precioso paraje de vegetación de ribera, que une la localidad de Burriana con su distrito marítimo, ofreciendo a los visitantes uno de los lugares más atractivos y singulares del litoral de Castellón, en donde el silencio apacible, solamente roto por el canto de algún pájaro y la belleza de sus rincones invita a recorrerlo sin prisas, disfrutando de una naturaleza generosa  y un paisaje único.
                Un camino ancho que discurre la mayor parte bajo la frondosidad de unos árboles sin fecha de caducidad, posibilita al visitante  un recorrido de senderismo suave, si lo que usted quiere es hacer algo de ejercicio, o un paseo agradable si lo que usted desea es disfrutar de la naturaleza en estado puro. Pero también es  lugar para los amantes, que pueden observar cómo su amor espejea en las aguas tranquilas del río; o para aquellos que deseen encontrarse asimismo después de haber andado perdidos por las tribulaciones diarias. Pasear por el Clot es beber de una fuente de vida espiritual para aquellos necesitados de calma y reflexión; pero también ofrece medicina para el cuerpo, si usted hace el recorrido completo, que viene a tener entre una hora u hora y media, desentendiendo del ritmo que imprima a su marcha.
                Merece la pena observar como el río se va ensanchando a medida que se acerca a su desembocadura, ofreciendo a nuestros ojos la vista de un espacio que se abre a la luz del Mediterráneo, cargado de aromas salinos que anuncian la proximidad  del mar. Allí el paisaje cambia, se hace diáfano en una gran pradera en la que se levanta La Torre del Mar, una de esas construcciones de piedra caliza que jalonan  el litoral castellonenses –las hay también en Benicasim, Oropesa, y en el camino entre Torreblanca y Peñíscola- que cumplían al papel de construcciones defensivas, ante los ataques de piratas que pudieran venir procedentes de Argel.
                El Clot de la Mare de Deu, es un regalo que la naturaleza nos ofrece, a un solo precio: respetarlo y conservarlo como ella ha querido que fuera. Lo demás: el disfrute de los sentidos, el suave ejercicio físico, o las dos cosas a la vez, lo tiene que poner usted.




                

miércoles, 3 de octubre de 2012

Segorbe. Un espacio místico

Segorbe es la otra villa castellonense de tránsito entre Aragón y el Mediterráneo, esta vez por el sur, lo que, sin duda, ha condicionado su historia y la idiosincrasia de sus habitantes, que desde tiempos remotos han poblado sus calles y plazas. Esta historia, muy marcada por ser Sede Episcopal desde el siglo XIII, y quizá por las necesidades expansionistas de la Iglesia, no ha hecho de Segorbe una ciudad cerrada en sí misma, sino más bien extendida en el territorio que la alberga; esa es una de las primeras imágenes que se quedan en la retina del visitante: una urbe que se desparrama entre dos cerros, lamida por el río Palancia. El carácter abierto y expansivo en el territorio ha configurando un urbanismo hecho a capas de crecimiento. Así el visitante puede apreciar con claridad cómo, conforme va acercándose al centro histórico, se suceden, sin solución de continuidad, diferentes modelos urbanísticos y arquitectónicos, que marcan las distintas épocas que ha vivido la villa. El visitante no se va a encontrar ante una ciudad organizada y estructurada en torno al valor turístico de sus monumentos y su trama urbana, más bien observará cómo sus habitantes se esfuerzan por entrar en el siglo XXI por la puerta de la modernidad, y sin dar la espalda a los vestigios de su historia, tratan de no quedarse anclados en ésta. Y restos de su pasado, que tanto provocan el anhelo de los turistas, los tiene. Así el primer agradable encuentro será el Ayuntamiento, un pulcro palacio del siglo XVI, que indica el comienzo de la ruta monumental en la que destaca sobre todo la Catedral, con un curioso claustro trapezoidal, e interior de la nave reconstruida en el siglo XVII, de estilo neoclásico. Desde la Catedral iniciará el ascenso por el barrio antiguo, entre callejuelas estrechas que parecen cerrarse sobre sí mismas, en las que todavía se puede oler el aroma de sus antiguos habitantes musulmanes, hasta alcanzar el Castillo, desde donde el visitante disfrutará de una esplendida vista de la ciudad. En la bajada, el Museo del Aceite será una sorpresa inesperada. Pero lo que hace de Segorbe una ciudad única es una tradición festiva de apenas hace 150 años: La Entrada de los Toros. Un espectáculo irrepetible, que en su momento más emocionante no alcanza los dos minutos, cuando los caballistas dirigen con una pericia admirable, una manada de seis toros lanzados en tromba por una calle saturada de gente, que con sabiduría y templanza se van apartando al paso del grupo équido-taurino. En boca de un asistente: cuando pasan los toros delante de uno, es un momento indescriptible, que dura décimas de segundo, pero que eriza todos los pelos del cuerpo. Si el visitante no ha podido asistir a esa emoción, se tienen que conformar con intuirla en el magnífico museo dedicado a La Entrada de los Toros, que con maestría taurina explica el por qué y el cómo de esta tradición incruenta para los animales. Y tras la multiproyección que recrea La Entrada se promete asistir en directo, para vivir ese instante de máxima tensión emocional.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Barranco de la Valltorta. Un espacio en la prehistoria

El visitante se encuentra de pie sobre una roca que se ofrece como mirador del Barranco de la Valltorta. A su izquierda queda la Cova dels Cavalls y a su derecha el tajo sinuoso que la erosión del río ha ido cavando a lo largo de miles de años, cauce que ahora dormita en un lecho seco en la profundidad del barraco. Llegan sonidos desde el fondo, golpes secos y gritos, que un grupo de cazadores lanza contra una manada de ciervos que pastan en las orillas del río. El ruido sube en intensidad hasta que los ciervos, al unísono, como si hubieran recibido una orden de alerta, se lanzan en carrera barranco arriba, adentrándose cada vez más en lo angosto de sus paredes. Se detienen y miran nerviosamente hacia atrás, como intentando averiguar si el peligro ha pasado o les sigue acechando. Pero éste no cesa y vuelven a la carrera, adentrándose, cada vez más, en la trampa del barraco. Cuando se perciben de la situación ya es tarde: un nutrido grupo de arqueros se lanza al barranco taponándoles el paso y descargando sus flechas contra ellos. Intentan huir, sólo tienen un camino: volver sobre sus pasos hacia la salida del barranco, donde el ruido ha cesado, pero, para su sorpresa, los cazadores que les han azuzado hacia el interior, han transmutado las percusiones por sus arcos, desde los que les lanzan otra batería de flechas. La suerte está echada, y el ritual de la caza se cumple a la perfección, cerrando el círculo trófico de la vida, en el que unos animales mueren, para que otros vivan.
Esa es la escena que debió ver en repetidas ocasiones el artista o chamán, y dejó pintada en la Cova dels Cavalls. La Cova, en realidad un abrigo, de los diecisiete que conforman el Barranco de la Valltorta, una joya del arte rupestre levantino, es un balcón inmejorable para observar todo lo que pasaba en esa parte del barranco. El visitante se ha imaginado la escena de caza que aparece narrada en el panel de roca del abrigo que, muy deteriorado por la mano de asno de muchos mortales, que desde que se descubrió la Cova, allá por 1917, hasta que se cerró con un candado y sólo se puede llegar a ella mediante visita guiada, no han cesado de agredir manchado y deteriorando las pinturas con su ignorancia. “Beltrán 11/2/1952”; “Traver 14 Agosto 1936”, son algunos de los grafitis que los conservadores actuales han dejado como muestra de esa incultura.
No obstante el visitante se va harto satisfecho por haberse sumergido en el misterio de la prehistoria durante unas horas, en la misma tierra que un día, hace ocho mil años, hollaron los pies de aquellos habitantes que empezaban a marcar el camino de todo lo que vendría después. Y si el apetito empírico queda colmado en el barraco, el intelectual lo satisfará sobradamente en el museo que, como anexo de lujo, nos informa con precisión de todo lo que no se puede ver in situ. Un tándem: museo y barranco, que han hecho las delicias del visitante en su búsqueda de otras formas de vivir Castellón.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sant Joan de Penyagolosa. Naturaleza y espiritualidad

El visitante recala, en su periplo veraniego por el Castellón interior ajeno a playas y bronceados, en el centro espiritual de la provincia. Un lugar en el que se respira en el ambiente el silencio de las meditaciones, el recogimiento del alma y su proyección hacia la divinidad exterior o interior que a cada uno le reconforte. Todo ello a través de una impresionante naturaleza que aliada con el espíritu aleja al visitante de la velocidad diaria en la que nuestra sociedad vive. Porque más allá de creencias religiosas, Sant Joan de Penyagolosa es la unión mística entre la espiritualidad y la naturaleza, un lugar en el que el alma y la mente pueden hallar la paz necesaria para reencontrarse a sí mismas, gracias a la belleza natural de un paisaje que nos reconcilia con lo más íntimo de nosotros mismos.
A Sant Joan se dirigen los Peregrinos de Les Useres, cada último viernes de Abril, a celebrar un encuentro íntimo de perdón con su Dios, que es lo que da sentido a su peregrinaje, tras una noche de ascetismo absoluto. Porque Sant Joan, el santuario construido en el siglo XVI, posiblemente sobre algún cenobio gótico, marca el centro de la espiritualidad del paraje.
Sin embargo el visitante puede detectar en el ambiente una especie de misticismo mágico, una presencia natural que irradia una fuerza misteriosa que le arrastra a iniciar un ascenso hacia el origen de ese magnetismo, a través de un bosque fascinante, que parece ir transformándose según se inclinan las laderas que lo albergan. Si en el santuario se ha dejado llevar por el ambiente místico que flota en el aire, como una fina lluvia que empapara su alma, en el bosque caerá rendido a la fuerza subyugante de una naturaleza armónica y cautivadora de los sentidos. Y mientras su cuerpo empieza a sufrir la miserias del esfuerzo físico, su mente siguirá absorta en la contemplación de la naturaleza que le rodea, hasta que surja, como una revelación ante sus ojos, la grandiosidad de la montaña que se alza sobre su cabeza, majestuosa y mistérica, como el lugar sagrado desde el que emana toda la espiritualidad del lugar, sea ésta religiosa o laica.
Una vez en la cima, tras un esfuerzo que hace al visitante alcanzarla entre resuellos de cansantcio, se dará cuenta por qué ésta es la montaña mágica de la geografía circundante; desde la altura de Penyagolosa se pueden alcanzar con la vista lugares lejanos de Castellón, Teruel y Valencia, incluso tan remotos como las Islas Columbretes, si la claridad del cielo lo permiten. Se encuentra el visitante sobre el tótem en el que convergen todas las miradas de los habitantes racionales e irracionales que pueblan la gran extensión de sus dominios. Y un escalofrío recorre su cuerpo al sentirse, en ese momento, en el centro del mundo.
De vuelta al santuario comprenderá, entonces, las claves que le hacen un lugar místico. De por qué, desde tiempos que la memoria ya no recuerda, ha sido un lugar en donde los humanos han encontrado una fuente de espiritualidad, haciendo de él un cruce de caminos en la búsqueda de su alma, que conducen a donde cada uno sea capaz de llegar.