sábado, 22 de septiembre de 2012

Barranco de la Valltorta. Un espacio en la prehistoria

El visitante se encuentra de pie sobre una roca que se ofrece como mirador del Barranco de la Valltorta. A su izquierda queda la Cova dels Cavalls y a su derecha el tajo sinuoso que la erosión del río ha ido cavando a lo largo de miles de años, cauce que ahora dormita en un lecho seco en la profundidad del barraco. Llegan sonidos desde el fondo, golpes secos y gritos, que un grupo de cazadores lanza contra una manada de ciervos que pastan en las orillas del río. El ruido sube en intensidad hasta que los ciervos, al unísono, como si hubieran recibido una orden de alerta, se lanzan en carrera barranco arriba, adentrándose cada vez más en lo angosto de sus paredes. Se detienen y miran nerviosamente hacia atrás, como intentando averiguar si el peligro ha pasado o les sigue acechando. Pero éste no cesa y vuelven a la carrera, adentrándose, cada vez más, en la trampa del barraco. Cuando se perciben de la situación ya es tarde: un nutrido grupo de arqueros se lanza al barranco taponándoles el paso y descargando sus flechas contra ellos. Intentan huir, sólo tienen un camino: volver sobre sus pasos hacia la salida del barranco, donde el ruido ha cesado, pero, para su sorpresa, los cazadores que les han azuzado hacia el interior, han transmutado las percusiones por sus arcos, desde los que les lanzan otra batería de flechas. La suerte está echada, y el ritual de la caza se cumple a la perfección, cerrando el círculo trófico de la vida, en el que unos animales mueren, para que otros vivan.
Esa es la escena que debió ver en repetidas ocasiones el artista o chamán, y dejó pintada en la Cova dels Cavalls. La Cova, en realidad un abrigo, de los diecisiete que conforman el Barranco de la Valltorta, una joya del arte rupestre levantino, es un balcón inmejorable para observar todo lo que pasaba en esa parte del barranco. El visitante se ha imaginado la escena de caza que aparece narrada en el panel de roca del abrigo que, muy deteriorado por la mano de asno de muchos mortales, que desde que se descubrió la Cova, allá por 1917, hasta que se cerró con un candado y sólo se puede llegar a ella mediante visita guiada, no han cesado de agredir manchado y deteriorando las pinturas con su ignorancia. “Beltrán 11/2/1952”; “Traver 14 Agosto 1936”, son algunos de los grafitis que los conservadores actuales han dejado como muestra de esa incultura.
No obstante el visitante se va harto satisfecho por haberse sumergido en el misterio de la prehistoria durante unas horas, en la misma tierra que un día, hace ocho mil años, hollaron los pies de aquellos habitantes que empezaban a marcar el camino de todo lo que vendría después. Y si el apetito empírico queda colmado en el barraco, el intelectual lo satisfará sobradamente en el museo que, como anexo de lujo, nos informa con precisión de todo lo que no se puede ver in situ. Un tándem: museo y barranco, que han hecho las delicias del visitante en su búsqueda de otras formas de vivir Castellón.

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