domingo, 16 de septiembre de 2012

Sant Joan de Penyagolosa. Naturaleza y espiritualidad

El visitante recala, en su periplo veraniego por el Castellón interior ajeno a playas y bronceados, en el centro espiritual de la provincia. Un lugar en el que se respira en el ambiente el silencio de las meditaciones, el recogimiento del alma y su proyección hacia la divinidad exterior o interior que a cada uno le reconforte. Todo ello a través de una impresionante naturaleza que aliada con el espíritu aleja al visitante de la velocidad diaria en la que nuestra sociedad vive. Porque más allá de creencias religiosas, Sant Joan de Penyagolosa es la unión mística entre la espiritualidad y la naturaleza, un lugar en el que el alma y la mente pueden hallar la paz necesaria para reencontrarse a sí mismas, gracias a la belleza natural de un paisaje que nos reconcilia con lo más íntimo de nosotros mismos.
A Sant Joan se dirigen los Peregrinos de Les Useres, cada último viernes de Abril, a celebrar un encuentro íntimo de perdón con su Dios, que es lo que da sentido a su peregrinaje, tras una noche de ascetismo absoluto. Porque Sant Joan, el santuario construido en el siglo XVI, posiblemente sobre algún cenobio gótico, marca el centro de la espiritualidad del paraje.
Sin embargo el visitante puede detectar en el ambiente una especie de misticismo mágico, una presencia natural que irradia una fuerza misteriosa que le arrastra a iniciar un ascenso hacia el origen de ese magnetismo, a través de un bosque fascinante, que parece ir transformándose según se inclinan las laderas que lo albergan. Si en el santuario se ha dejado llevar por el ambiente místico que flota en el aire, como una fina lluvia que empapara su alma, en el bosque caerá rendido a la fuerza subyugante de una naturaleza armónica y cautivadora de los sentidos. Y mientras su cuerpo empieza a sufrir la miserias del esfuerzo físico, su mente siguirá absorta en la contemplación de la naturaleza que le rodea, hasta que surja, como una revelación ante sus ojos, la grandiosidad de la montaña que se alza sobre su cabeza, majestuosa y mistérica, como el lugar sagrado desde el que emana toda la espiritualidad del lugar, sea ésta religiosa o laica.
Una vez en la cima, tras un esfuerzo que hace al visitante alcanzarla entre resuellos de cansantcio, se dará cuenta por qué ésta es la montaña mágica de la geografía circundante; desde la altura de Penyagolosa se pueden alcanzar con la vista lugares lejanos de Castellón, Teruel y Valencia, incluso tan remotos como las Islas Columbretes, si la claridad del cielo lo permiten. Se encuentra el visitante sobre el tótem en el que convergen todas las miradas de los habitantes racionales e irracionales que pueblan la gran extensión de sus dominios. Y un escalofrío recorre su cuerpo al sentirse, en ese momento, en el centro del mundo.
De vuelta al santuario comprenderá, entonces, las claves que le hacen un lugar místico. De por qué, desde tiempos que la memoria ya no recuerda, ha sido un lugar en donde los humanos han encontrado una fuente de espiritualidad, haciendo de él un cruce de caminos en la búsqueda de su alma, que conducen a donde cada uno sea capaz de llegar.

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